
Ella dijo basta basta y él no la llamó (porque ella dijo basta basta) pero ella esperaba su llamado. Lloraba, no la llamaba y lloraba.
Ella dijo basta basta basta y él le devolvió unos tapers en los que solía llevarse algo de comida, alzó su máquina de afeitar del departamento y salió caminando con las manos en los bolsillos. Ella, al borde del colapso, se fue a llorar con las amigas. Lloraba, no la llamaba, llovía, lloraba.
Ella dijo basta, bueno, veamos pero él no podía en ese momento porque estaba jugando al fútboll con los amigos.
Ella todavía tiene los ojitos colorados, él saborea las milanesas que hizo su mamá antes de tomarse unos días de vacaciones. Están tristes, es obvio y no parece, pero se les va a pasar a los dos por igual.
* En Minúsculas. Ediciones Orillera 2010/12
* Ilus de Azul de Corso
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